Todos esos poemas de ayer, los versos ocultos bajo la lengua, entre las pestañas, todo, al final comprendo que era el dolor endemoniado, dolor de cuerpo, dolor de existir. Esta noche la música y la necedad comparten el estado de fin del mundo que hay allá afuera, mi cabeza salta de felicidad ahora, pero el sueño no vendrá, no vendrá. Apenas soy un techo, una sopa preparada con todo el amor del corazón destrozado, una palabra para desplomar el día, soy el deseo de la muerte, su puerta abierta.